El universo guarda muchos secretos, esperando ser descubiertos por quienes tengan la llave correcta.
La llave de esta noche abre un tranquilo prado, donde la hierba se mece con la brisa y un arroyo suave serpentea entre las colinas onduladas. En este lugar pacífico, conocemos a una pequeña oveja llamada Lana, que siempre sigue al rebaño—pero nunca se detiene a pensar a dónde va.
A medida que crecemos, enfrentaremos muchas decisiones. A veces es más fácil hacer lo que hacen los demás.
¿Pero qué pasaría si pudiéramos decidir por nosotros mismos?
Un sabio maestro llamado Bob Proctor enseñó que la vida no se trata solo de esperar a ver qué sucede—se trata de elegir.
Cuando pensamos por nosotros mismos en lugar de simplemente seguir, ¡la vida se vuelve mucho más emocionante!
Entremos al prado y descubramos qué ocurre cuando Lana aprende que el mejor camino… es el que ella elige para sí misma.
Lana era una pequeña ovejita que siempre se quedaba con el rebaño.
Cuando ellos se movían, ella se movía.
Cuando se detenían, ella se detenía.
Nunca preguntaba: ¿Por qué vamos por aquí?
Simplemente seguía.
Una mañana, el pastor llevó al rebaño por las colinas, sus lanas rebotando mientras trotaban. El sol era cálido, el cielo estaba despejado, y Lana se sentía segura en medio del grupo.
Entonces, el viento comenzó a soplar. Nubes oscuras cubrieron el cielo. Una tormenta se acercaba.
El trueno retumbó en las colinas y la lluvia cayó en cortinas pesadas.
El rebaño entró en pánico, corriendo hacia el valle en busca de refugio.
Lana también corrió, sus pequeñas patas luchando por mantenerse al ritmo.
La lluvia le nubló la vista, y mientras corría—¡resbaló!
Rodó colina abajo y cayó en un suave parche de hierba.
Cuando miró hacia arriba, el rebaño ya no estaba.
El corazón de Lana latía con fuerza.
Nunca antes había estado sola.
¿Qué hago ahora? pensó.
Esperó, esperando que alguien le dijera a dónde ir.
Pero nadie vino.
Fue entonces cuando escuchó una voz.
—Te ves perdida.
Lana miró hacia arriba y vio a un viejo chivo montés sobre un risco rocoso. Sus cuernos eran curvos y su pelaje tenía toques plateados.
—Estoy perdida —dijo Lana—. No sé a dónde ir.
El chivo sonrió amablemente.
—Soy Jorah. Estás acostumbrada a seguir a los demás, ¿verdad?
Lana asintió.
—Bueno —dijo Jorah—, seguir está bien, pero pensar es aún mejor.
Lana inclinó la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
Jorah señaló hacia las colinas.
—Si pudieras ir a cualquier lugar, ¿a dónde te gustaría ir?
Lana dudó.
—No lo sé… nunca lo había pensado antes.
Jorah soltó una risita.
—Está bien. Intenta pensar en lo que se siente correcto para ti.
Lana miró a su alrededor.
La tormenta había pasado y el prado estaba tranquilo de nuevo.
A lo lejos, vio un gran roble, con ramas anchas y fuertes.
—Ese árbol parece seguro —dijo con cautela—. Creo que me gustaría ir allí.
Jorah asintió.
—Buena elección. Ahora ve a ver si tenías razón.
Las patas de Lana temblaban al dar su primer paso.
No estaba acostumbrada a elegir sola.
Pero mientras caminaba, sintió algo nuevo: una chispa de confianza.
Subió una pequeña colina, cuidando dónde pisaba.
Escuchó los sonidos del prado—la hierba susurrando, el arroyo a lo lejos, los pájaros cantando en los árboles.
Por primera vez, no solo se movía—estaba pensando.
Cuando llegó al gran roble, se acurrucó bajo sus ramas.
La sombra era fresca, el suelo suave, y se sentía segura.
Y entonces, escuchó algo familiar.
¡A lo lejos, vio a su rebaño!
Lo había logrado.
Había encontrado su propio camino.
Cuando se reunió con los demás, se sentía diferente.
Sabía que escuchar a su familia era importante,
pero ahora también sabía que podía pensar y tomar decisiones por sí misma.
Y así, Lana no dejó de escuchar a los demás—
solo aprendió que también tenía su propia voz.
Bob Proctor enseñó que si solo copiamos lo que hacen los demás, nunca aprendemos lo que realmente queremos.
Pero si practicamos tomar pequeñas decisiones, nos volvemos mejores para elegir lo que es mejor para nosotros.
Esta noche, antes de cerrar los ojos, prueba esto:
Piensa en algo pequeño que puedas decidir por ti mismo—
quizás un libro para leer, un bocadito para comer, o un juego para jugar.
Si un amigo dice: “¡Hagamos esto!”, tómate un momento para preguntarte:
“¿Realmente quiero hacerlo?”
Cuando alguien te dé un consejo, piensa por qué lo dice.
Porque escuchar es importante—pero pensar por ti mismo también lo es.
Y cuanto más practiques tomar decisiones pequeñas,
mejor serás para tomar las grandes cuando crezcas.
Entonces… ¿cuál es una pequeña decisión que puedes tomar mañana?
Fin.
Esta historia está dedicada a Ria y Mia y a todos los pequeños soñadores allá afuera.
Copyright Llaves Pequeñas al Universo


